Mesoamérica llega a EU

James Petras

Petras, James. (2006, 30 de abril). Mesoamérica llega a EU. La Jornada, consultado el 30 de abril de 2006, desde: http://www.jornada.unam.mx/ 2006/04/30/028a1pol.php

El movimiento está empeñado en una lucha política independiente contra los gobiernos locales y estatales, y sobre todo el nacional. Su objetivo inmediato es derrotar a la legislación orientada a criminalizar a los migrantes con empleo y a una iniciativa de “transacción” cuyo propósito es dividir a los trabajadores recién llegados de los antiguos. La demanda clave es legalizar a todos, recientes y antiguos. La elección de métodos de acción directa se da en respuesta a la inefectividad de las actividades legalistas y de cabildeo de las organizaciones latinas establecidas de clase media y al fracaso total de la confederación sindical y de sus afiliados en organizar a los migrantes en sindicatos o incluso construir organizaciones solidarias.

Para entender el crecimiento dinámico de este movimiento en Estados Unidos y su militancia, es necesario analizar los profundos cambios estructurales en los ochenta y los noventa en México y Centroamérica.

TLCAN, guerras y mercados libres

A partir de los ochenta, Washington, por conducto del FMI y de los presidentes de México a su servicio, promovió una política de “libre comercio” que abrió la puerta a un flujo masivo de productos agrícolas estadunidenses fuertemente subsidiados, que perjudicaron a los agricultores medianos y pequeños locales. Las inversiones extranjeras en gran escala en empresas de ventas al menudeo, la banca y las finanzas condujeron a la bancarrota a millones de pequeños empresarios. El crecimiento de las zonas industriales de libre comercio deterioró la legislación laboral y social. Los pagos de la deuda externa, las privatizaciones corruptas y el crecimiento del empleo precario ocasionaron una caída absoluta de los salarios, al tiempo que el número de multimillonarios mexicanos se multiplicaba. Enormes ganancias y pagos de intereses fluyeron hacia consorcios y bancos estadunidenses.

Los asalariados rurales y urbanos desplazados y empobrecidos pronto siguieron la misma ruta de las ganancias e intereses. El razonamiento, según los “mercados libres”, era que los libres flujos de capital hacia México deberían venir acompañados por el libre flujo de operarios mexicanos hacia el vecino del norte. Pero éste no practicó la doctrina de “libre mercado”: aplicó una política de entrada irrestricta de capital a México y de restricción a la migración laboral. Las políticas de libre mercado crearon una vasta reserva de trabajadores mexicanos empleados y desempleados, en tanto las restricciones legales a la migración los obligaron a emigrar sin documentos. Este enorme flujo no fue sólo resultado de que los mexicanos o centroamericanos buscaran mayores salarios, sino de las adversas condiciones estructurales impuestas por el TLCAN, que expulsaron gente de su lugar de empleo: como la estructura mexicana de libre mercado era un modelo de acumulación centrado en el imperio, éste se volvió un imán que atraía a los migrantes en busca de empleo.

El segundo rasgo estructural que determinó la migración masiva de centroamericanos a Estados Unidos fueron las guerras imperiales estadunidenses de los ochenta: la masiva intervención militar de Washington a través de ejércitos que actuaban en su nombre en Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Honduras destruyó la posibilidad de reforma social y economía viable en toda Centroamérica. Al financiar escuadrones de la muerte y promover actividad contrainsurgente Estados Unidos empujó a millones de centroamericanos a abandonar el campo y emigrar hacia zonas de miseria en las ciudades y hacia México, Estados Unidos, Canadá y Europa. El “éxito” de Washington en imponer gobernantes corruptos de derecha en toda Centroamérica cerró toda opción de mejoramiento individual o colectivo en la economía doméstica. La adopción de medidas neoliberales condujo a un desempleo aún mayor y a una drástica merma en los servicios sociales, que impulsó a muchos a buscar empleo en el imperio: la fuente de su miseria.

Legado de lucha

La primera ola de inmigrantes de los ochenta, generada por el colapso neoliberal y el terror militar, buscó en forma anónima cualquier empleo, aun en las peores condiciones; muchos escondieron su pasado militante, pero no lo olvidaron. A medida que el flujo de migrantes ganaba impulso, grandes concentraciones de latinos se asentaron en ciudades importantes de California, Texas, Arizona y Nuevo México, lo cual llevó a la creación de una densa red de clubes sociales, culturales y deportivos y de organizaciones informales basadas en antiguos lazos familiares, vecinales y regionales. Florecieron nuevas pequeñas empresas, se incrementó el poder de compra, los niños iban a escuelas que tenían claras mayorías latinas y numerosas estaciones de radio se dirigieron a los migrantes en su propio idioma. Rápidamente el sentido de solidaridad creció por la fuerza de los números, la facilidad de comunicación, la proximidad de compañeros trabajadores y, sobre todo, la experiencia común de migración indocumentada y explotación despiadada en las tareas más duras y peor pagadas, acompañadas por actitudes racistas de los patrones, los obreros blancos, la policía y otras autoridades públicas.

La decisión del Congreso de añadir la amenaza adicional de prisión y expulsiones masivas ocurrió al mismo tiempo en que las redes sociales y de solidaridad dentro de las comunidades latinas se profundizaban y expandían. La militancia anterior en la resistencia popular contra los escuadrones de la muerte en El Salvador, el sabor de la libertad y la dignidad durante el periodo sandinista en Nicaragua y los múltiples movimientos campesinos en México salieron del clóset y encontraron nueva expresión social en el movimiento de los trabajadores migratorios.

La convergencia de militancia sumergida o latente y demandas de derechos laborales y de reconocimiento legal en el nuevo contexto de explotación y represión creó el ímpetu para la solidaridad social de comunidades enteras. La participación incluyó familias y barrios y cruzó las fronteras generacionales: estudiantes de enseñanza media se sumaron a operarios de la construcción, jardineros, empleados de la industria del vestido y domésticos para llenar las calles de Dallas y Los Angeles con decenas de miles de manifestantes, con gran sorpresa de observadores no latinos, ignorantes de ese legado histórico, de sus poderosas redes sociales y de su decisión de trazar la línea entre la existencia social y la expulsión en masa.

En suma, no podemos entender la migración laboral masiva sin examinar el flujo masivo de capital estadunidense hacia México, su impacto destructivo en las relaciones socioeconómicas y el flujo no regulado de ganancias e intereses hacia Estados Unidos. Tampoco podemos explicar los flujos de largo plazo de migrantes de Centroamérica sin tomar en cuenta el envío masivo de armas estadunidenses hacia las clases gobernantes de la región.

La migración laboral mexicana y centroamericana es resultado directo de la victoria de la contrarrevolución encabezada por Estados Unidos en la región. En cierto sentido, el surgimiento del movimiento masivo de migrantes es una repetición de las luchas anteriores entre el capital estadunidense y el trabajo mexicano y centroamericano en la nueva arena de la política estadunidense y con un nuevo grupo de temas. La continuidad de estas luchas se encuentra en las demandas comunes de autodeterminación y los métodos comunes de acción directa, lo cual se refleja en la fuerte composición de clase trabajadora o “popular” de la lucha, y en la memoria histórica de la solidaridad de clase.

Significación del nuevo movimiento

El surgimiento del movimiento de mano de obra migratoria abre un nuevo capítulo en la lucha de la clase obrera en Norte y Centroamérica. En primer lugar representa la primera lucha de la clase trabajadora independiente en Estados Unidos después de 50 años de decadencia, estancamiento y claudicación de la confederación sindical establecida. En segundo, revela una nueva clase protagónica como sector líder en el movimiento: el migrante. Mientras los sectores dinámicos del trabajo organizado en el sector privado (operarios de la industria automotriz, del transporte, del acero y de los muelles en la costa oeste) han perdido las dos terceras partes de sus miembros y ahora representan sólo 9 por ciento de la fuerza laboral privada, más de dos millones de migrantes expresaron una solidaridad social que no se veía en el país desde los treinta. En tercero, el movimiento se organiza sin un gran aparato burocrático sindical y con presupuesto mínimo, sobre la base de trabajadores voluntarios en comunicación horizontal. De hecho, uno de los factores claves del éxito de la movilización fue que estuvo en gran medida fuera del control de la jerarquía sindical, pues una minoría eran miembros de sindicatos. En cuarto, los líderes y estrategas del movimiento son independientes de los dos principales partidos políticos capitalistas, sobre todo del abrazo mortal del Partido Demócrata.

Por su independencia política, el movimiento de trabajadores migratorios salió a las calles, criticó las políticas de ambos partidos y no se limitó a la acción inútil de los cabilderos en los pasillos del Congreso. El movimiento ha servido, hasta cierto punto, como un “polo social” que atrae y politiza a decenas de miles de estudiantes de enseñanza media e incluso universitarios, sobre todo de origen latinoamericano. Además, se ha activado una minoría de sindicalistas anglos disidentes, progresistas de clase media y empleados liberales para colaborar en la lucha laboral. La lucha del movimiento es política, dirigida a influir en el poder político y contra el dominio del “capital blanco” dirigido a criminalizar y expulsar a los “trabajadores cafés”.

Existen obstáculos políticos al crecimiento y consolidación del movimiento. Primero, numerosos patrones despidieron a empleados que participaron en la primera ola de manifestaciones. Trabajadores latinos afiliados a sindicatos recibieron poco o ningún apoyo de sus líderes. En segundo lugar, después del éxito de los movimientos, numerosos políticos latinos tradicionales, trabajadores sociales, consultores profesionales, organizaciones no gubernamentales y burócratas se treparon a la carreta y buscan desviar el movimiento hacia los canales convencionales de hacer “peticiones” al Congreso y apoyar a los políticos del Partido Demócrata, que son “el mal menor”.

Por último está el problema del desarrollo dispar de la lucha dentro de la clase obrera y entre las regiones del país. La mayoría de los empleados anglos son pasivos, en el mejor de los casos, y probablemente más de la mitad perciben a los migrantes como una amenaza a sus empleos, salarios y vecindarios. La ausencia general de una educación antirracista y clasista por parte de la burocracia sindical dificulta la unión de la clase trabajadora. El reto es que los migrantes latinos logren salir a construir coaliciones con los negros y asiáticos, así como con la minoría de sindicalistas anglos avanzados.

Por último existe la necesidad de confrontar la nueva ola de redadas policiacas en masa en centros laborales y barrios, donde cientos de trabajadores latinos son copados y expulsados. Hoy día, la policía cerca barrios latinos enteros para realizar cateos casa por casa. Durante la semana del 21 al 28 de abril, el jefe neoconservador de la agencia de Seguridad Interior, Michael Chertoff, dirigió el arresto de mil 100 migrantes indocumentados en 26 estados.

Pese a estos desafíos, el movimiento de los migrantes está en ascenso: el 25 de marzo cientos de miles se manifestaron; el 10 de abril marcharon más de 2 millones, y este 1º de mayo se unirán millones más a las marchas y los paros laborales. Mientras los políticos reaccionarios se esconden en el Congreso, urdiendo formas de dividir y conquistar al movimiento, millones de latinos están en las calles… por sus derechos, su autodeterminación y su dignidad.

Traducción: Jorge Anaya


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